Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Y ahora cuéntanos la romántica escena que mencionabas apenas en una de tus cartas —pidió Phil.
Ana relató el episodio de Samuel con mucha gracia. Las muchachas rieron con ganas y la tía Jamesina sonrió.
—No es de buen gusto burlarse de los pretendientes —dijo con severidad—, pero —agregó con calma— debo confesar que yo siempre lo hice.
—Cuéntenos algo de ellos, tía —rogó Phil—; debe de haber tenido un montón.
—No hables en pasado. Aún los tengo. Hay tres viudos en mi pueblo que desde hace un tiempo me miran con ojos de carnero degollado. Ustedes las jóvenes creen que tienen acaparado todo el idilio del mundo.
—«Viudos» y «ojos de carnero degollado» no suena muy romántico, tía.