Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Bueno, no. Pero tampoco los jóvenes son siempre románticos. Algunos de mis pretendientes ciertamente no lo eran. Me he reído de ellos de forma escandalosa, pobres muchachos. Estaba Jim Elwood, que parecía vivir en sueños y nunca sabía qué sucedía a su alrededor. No comprendió que le había dicho «no» hasta después de un año. Ya casado, cuando volvía una noche de la iglesia, su esposa se cayó del trineo y él no la echó de menos. También estaba Dan Winston. Era un «sabelotodo». Sabía todo de este mundo y casi todo sobre el otro. Podía contestar cualquier pregunta que se le hiciera, aunque fuera sobre la fecha del Juicio Final. Milton Edwards era realmente guapo y me gustaba mucho, pero no me casé con él por dos razones; primero, porque tardaba una semana en comprender un chiste; y segundo, porque nunca me lo pidió. El más interesante fue Horacio Reeve, pero cuando contaba algo lo adornaba de tal modo, que uno nunca podía saber si mentía o sólo dejaba correr su imaginación.
—¿Y qué hay de los otros, tía?
—¡Vamos! ¡A desempaquetar! —respondió ésta cortando su relato—. Los otros eran demasiado buenos para reírme de ellos; respetaré su recuerdo. En tu cuarto hay un ramo de flores, Ana. Lo trajeron hace una hora.