Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Transcurrida la primera semana, las jovencitas de «La Casa de Patty» dedicaron todos sus esfuerzos al estudio. Era el último año en Redmond y había que luchar por los premios. Ana se dedicó al inglés, Priscilla a los clásicos y Philippa la emprendió con las matemáticas. Algunas veces las asediaba el cansancio, otras el desaliento; otras les parecía que nada merecía tanto sacrificio. En este estado se encontraba Stella al llegar al cuarto azul una lluviosa tarde de noviembre. Ana se hallaba sentada en el suelo dentro del círculo de luz que arrojaba una lámpara, rodeada por un montón de arrugados manuscritos.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Estoy revisando las historias de un viejo «Club de Cuentos». Necesitaba algo para alegrar el espíritu y distraerlo. He estudiado tanto que el mundo se me tornó azul oscuro. De modo que vine y saqué estos cuentos del baúl. Están tan llenos de lágrimas e infortunios que resultan extremadamente divertidos.
—Yo también me siento desalentada —dijo Stella arrojándose sobre el sofá—. Me parece que nada tiene valor. Me siento vieja y cansada. Después de todo, ¿de qué vale vivir?
—Querida, es la fatiga la que nos hace sentir así, y el tiempo. Esta lluvia constante después de un día agotador acabaría con el ánimo de cualquiera. Tú sabes que vale la pena vivir.