Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Oh!, supongo que sÃ. Pero no puedo convencerme en este momento.
—Piensa en todas las almas nobles y grandes que han vivido y trabajado en el mundo —dijo Ana soñadoramente—. ¿No vale la pena haber llegado después que ellos y heredado sus conquistas y enseñanzas? ¡Y piensa en los grandes hombres que viven hoy en el mundo! ¿No vale la pena pensar que compartimos su inspiración? Y además, los que vendrán en el futuro. ¿No vale la pena trabajar un poquito para prepararles el camino… ayudarles a adelantar aunque sea un solo paso?
—Mi mente está de acuerdo contigo, Ana. Pero mi espÃritu permanece triste y falto de inspiración. Siempre me han hecho este efecto las noches de lluvia.
—A veces me gusta la lluvia. Me gusta estar acostada y sentirla golpear contra el techo o correr entre los pinos.