Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —A mà también, cuando se queda en el techo —dijo Stella—. Pero no siempre es asÃ. El verano pasado pasé una noche horrible en una vieja granja. El techo tenÃa goteras y la lluvia caÃa justo sobre mi cama. Eso no tenÃa nada de poético. Tuve que levantarme en medio de la noche y poner la cama fuera del alcance de la lluvia. Y era uno de esos lechos sólidos y antiguos que pesan una tonelada, más o menos. Y luego el golpeteo incesante que continuó hasta que mis nervios estuvieron completamente destrozados. No tienes idea del ruido que hace una gota de lluvia sobre el suelo desnudo en una noche tormentosa. Suena a pasos de fantasmas o cosas por el estilo. ¿De qué te rÃes, Ana?
—De estos cuentos. Como dirÃa Phil, son criminales…, y en más de un sentido, pues todos los personajes mueren. ¡Qué heroÃnas más deslumbrantemente hermosas describÃamos…! ¡Y cómo las vestÃamos! Sedas, rasos, terciopelos, joyas, cintas…, nunca otra cosa. Jane Andrews habla de una doncella que duerme ataviada con un hermoso camisón de raso blanco adornado con perlas.
—Continúa. Comienzo a sentir que vale la pena vivir, ya que existe la risa.