Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Aquí hay uno escrito por mí. Mi heroína parte para un baile «cubierta de enormes brillantes de los pies a la cabeza». Pero ¿de qué valen la belleza y las riquezas? «Los caminos de la gloria la conducían, pero hacia la tumba». Obligatoriamente, tenían que morir asesinadas o con el corazón destrozado. No tenían escapatoria.
—Déjame leer una de tus historias.
—Bueno, ésta es mi obra maestra. Mira qué título tan alegre: «Mis sepulcros». Derramé abundantes lágrimas mientras la escribía y mis compañeras lloraron a raudales cuando la escucharon. La madre de Jane Andrews la regañó porque aquella semana dio a lavar un montón de pañuelos. Es la azarosa historia de la esposa de un pastor metodista. La hice casar con un metodista porque era necesario que viajara. Enterraba un hijo en cada uno de los lugares donde vivía. Eran nueve y las sepulturas iban desde Terranova hasta Vancuver. Hice una descripción minuciosa de cada niño, de sus lechos de muerte y de sus tumbas y epitafios. Tenía intención de enterrar a los nueve, pero después de haber acabado con ocho, mi reserva de horrores se agotó y le permití al último seguir viviendo, claro que como una desventurada criatura.