Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —No está ni la mitad de mal —contestó Alee, muy serio—, y eso es lo que me hace pensar que es cosa grave. Otras veces se ha puesto a dar gritos y a correr de un lado a otro; pero ahora está acostada y silenciosa. Le aseguro que si se ha quedado es porque está muy mal.
—¿A usted no le gusta la señora Douglas? —inquirió Ana.
—Me gustan las gatas cuando son gatas. Pero no me gustan las gatas cuando son mujeres —fue la oscura respuesta de Alee. Janet regresó a su casa a la hora del crepúsculo.
—La señora Douglas ha muerto —anunció con tristeza—. Falleció a poco de llegar yo. No me habló más que una vez: «Supongo que ahora te casarás con John», me dijo. Eso me llegó al corazón, Ana. ¡Pensar que la propia madre de John creÃa que no me casaba con su hijo a causa de ella! Yo tampoco pude decirle nada; habÃa otras mujeres. Me alegré de que John no estuviera allÃ.
Janet comenzó a llorar desconsoladamente. Ana le dio a beber té con jengibre para calmarla. Nuestra amiga descubrió más tarde que habÃa empleado pimienta en lugar de jengibre, pero Janet no lo notó.