Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Durante años había soñado con aquel día; pero cuando llegó, el único recuerdo que había de dejarle no fue el del dichoso instante en que el rector de Redmond le dio su diploma, no fue el relámpago en los ojos de Gilbert cuando vio sus flores, ni la perpleja y dolorosa mirada de Roy cuando cruzó la tarima. No fueron las felicitaciones condescendientes de Alice Gardner ni las apasionadas y sinceras de Dorothy. Fue un golpe extraño e inesperado que echó a perder aquel día ansiado y dejó un débil pero duradero sabor de amargura.

Los graduados daban esa noche su baile. Cuando Ana se vistió, dejó a un lado el collar de perlas que solía llevar y sacó de su baúl la cajita que había llegado a «Tejas Verdes» el día de Navidad. En ella había una cadenita de oro con un corazoncito de color de púrpura. En la tarjeta estaba escrito: «Con los mejores deseos de tu viejo compañero, Gilbert». Ana rió al recordar el episodio que conjuraba el corazoncito, el día fatal en que Gilbert la llamó «zanahoria» y trató en vano de hacer las paces dándole un corazón rojo de caramelo; ella le había agradecido el envío con una nota, pero nunca había llevado el dije. Esa noche se lo sujetó al cuello, con una sonrisa soñadora.

Ella y Phil fueron caminando hasta Redmond. Ana iba en silencio; Phil hablaba de muchas cosas. De pronto dijo:


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