Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —SÃ, suena… pero yo no estoy celosa —dijo Stella con calma—. Quiero a Ana y Roy me gusta. Todos opinan que ella hace una buena boda y hasta a la señora Gardner le parece encantadora. Todo se presenta como caÃdo del cielo, pero yo tengo mis dudas. Acuérdese de lo que le digo, tÃa Jamesina.
Roy pidió a Ana en matrimonio en el mismo pabellón donde conversaran la tarde lluviosa del primer encuentro. A la joven le pareció muy romántico que eligiera ese lugar. Su proposición fue tan perfectamente expresada, como si hubiera sido copiada del «Manual sobre el noviazgo y el matrimonio», tal como lo hiciera uno de los pretendientes de Ruby Gillis. Y también era sincera. No cabÃa duda de que Roy sentÃa sus palabras. Ninguna nota falsa echó a perder la sinfonÃa. Ana pensó que debÃa sentirse estremecida de pies a cabeza. Pero no era asÃ: sentÃa una frialdad aterradora. Cuando Roy hizo una pausa aguardando su respuesta, abrió los labios para dejar escapar el fatal «sû.
Y entonces comenzó a sentirse como si retrocediera ante un profundo precipicio. En un instante supo, con la rapidez de un relámpago, lo que no habÃa sabido en muchos años. Retiró su mano de entre las de Roy.
—Oh, no puedo casarme contigo… ¡no puedo… no puedo! —exclamó desatinadamente.
Roy se puso pálido… y también algo tonto. Estaba muy seguro de sà mismo…