Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¿Qué quieres decir? —tartamudeó.
—Que no puedo casarme contigo —repitió Ana con desesperación—. Creà que podrÃa… pero no puedo.
—Pero ¿por qué? —preguntó Roy con algo más de calma.
—Porque… no te quiero lo suficiente.
Roy enrojeció repentinamente.
—¿De modo que te has estado divirtiendo conmigo durante estos dos años?
—No… no… —dijo la pobre Ana. ¿Cómo podrÃa explicárselo? No podÃa hacerlo. Hay cosas imposibles de explicar—. Creà que podrÃa casarme contigo… Sinceramente… pero ahora veo que no es asÃ.
—Has destrozado mi vida —exclamó Roy amargamente.
—Perdóname —rogó Ana miserablemente con las mejillas ardiendo y los ojos llenos de tormento.
Roy se apartó y permaneció mirando al mar durante unos minutos.
—¿No me das alguna esperanza?
Ana sacudió la cabeza en silencio.
—Entonces… adiós. No puedo comprenderlo… No puedo creer que no seas la mujer que yo habÃa creÃdo que eras. Pero los reproches son inútiles entre nosotros. Te amaré eternamente. Te doy las gracias por haberme brindado al menos tu amistad. Adiós, Ana.