Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Supongo —exclamó Phil cruelmente— que querÃas casarte por su dinero, y al final tu yo bueno despertó y te lo impidió.
—No es cierto. Nunca me importó su dinero. ¡Oh!, no puedo explicarte más de lo que yo misma sé.
—Ana, tu proceder es para avergonzarse. Roy es guapo, inteligente, rico, bueno; ¿qué más quieres?
—Quiero alguien que sea parte de mi vida. Él no lo es. Al principio me marearon su aspecto y sus palabras llenas de romanticismo, y luego me dije que tenÃa que estar enamorada, ya que él representaba mi ideal.
—Si yo soy mala por no saber lo que quiero, tú eres peor.
—Yo sé lo que quiero. El problema está en que varÃa, y entonces tengo que empezar a comprenderlo todo otra vez.
—Bueno, creo que no se ganará nada, te diga lo que te diga.
—No hace falta, Phil. Me siento sucia. Esto lo ha echado todo a perder. Ya no volveré a pensar en mi época de Redmond sin recordar la humillación de esta tarde. Roy me desprecia… tú me desprecias… y yo misma me desprecio.