Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —SÃ, querida —dijo Dorothy con franqueza—. Dos veces ya. Y se quejaba igual. No lo rechazaron; sólo anunciaron el compromiso con otro chico. Claro que cuando te conoció, me juró que nunca habÃa estado enamorado hasta ahora; que sus amorÃos anteriores no habÃan sido más que fantasÃas de adolescente. Pero no creo que debas preocuparte.
Ana decidió seguir el consejo. SentÃa una mezcla de alivio y resentimiento. Roy le habÃa dicho que era la única a quien jamás habÃa amado. No cabÃa duda de que asà lo creÃa. Pero era un consuelo saber que no habÃa destrozado su vida. HabÃa muchas otras diosas a quienes podrÃa adorar. Sin embargo, la vida habÃa sido despojada de más ilusiones y a Ana estaba comenzando a parecerle demasiado desnuda.
La tarde de su regreso, bajó de su cuarto con cara triste.
—¿Qué le ha ocurrido a la vieja Reina de la Nieves, Marilla?
—¡Oh!, ya sabÃa que te pondrÃas triste por eso —repuso ésta—. Yo también lo sentÃ. Ese árbol estaba allà desde que yo era joven. Lo partió la gran tormenta que sopló en marzo. Estaba carcomido.