Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana estaba siempre contenta ante la felicidad de sus amigas; pero es a veces amargo estar siempre rodeada de dicha que no es la propia. Y cuando regresó a Avonlea, era Diana la que estaba rodeada de la gloria que circunda a una mujer cuando tiene junto a sà a su primogénito. Ana contempló a la joven madre con una reverencia que nunca entrara en sus sentimientos hacia Diana. ¿PodÃa esta pálida mujer con ojos arrobados ser la misma Diana de rosadas mejillas y rizos negros con quien habÃa jugado en los dÃas de infancia? Aquello le daba la desolada sensación de pertenecer solamente al pasado y no tener nada que hacer en el presente.
—¿No es guapÃsimo? —dijo la orgullosa mamá.
El rollizo individuo era increÃblemente parecido a Fred: igual de gordo y no menos rojizo. Ana no podÃa decir honestamente que era guapo, pero pensaba de veras que era una cosita deliciosa.
—Antes de que viniera, deseaba una niña, para poderla llamar Ana —dijo Diana—. Pero ahora que el pequeño Fred está aquÃ, no lo cambiarÃa por un millón de niñas. No podÃa haber sido distinto de como es.
—Cada niño es el más dulce y el mejor —comentó la señora Alian—. De haber sido la pequeña Ana quien hubiese venido, pensarÃas exactamente igual.