Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Yo tengo un solo recuerdo de mi madre y es el más dulce de todos mis recuerdos —comenzó la señora Alian—. Yo tenía cinco años y un día se me permitió ir al colegio sola con mis dos hermanas mayores. A la salida, mis hermanas regresaron por separado, creyendo cada una que yo estaba con la otra. En cambio, salí corriendo con una niña con quien jugaba durante el recreo. Fuimos hasta su casa, que estaba cerca de la escuela, y nos pusimos a jugar con barro. Estábamos en lo mejor, cuando llegó la mayor de mis hermanas, enfadada y sin aliento. «¡Niña mal criada!», gritó tomándome de la mano y arrastrándome con ella. «Ven a casa inmediatamente. ¡Ya verás la que te espera! Mamá está enfadadísima. Te dará una buena paliza». Nunca me habían azotado y mi corazón se llenó de terror. Jamás me sentí peor en mi vida que mientras regresaba a casa. No había tenido intención de portarme mal. Phemy Cameron me pidió que la acompañara a su casa y yo no sabía que eso estaba mal hecho, e iban a azotarme por ello. En cuanto llegamos a casa, mi hermana me arrastró dentro de la cocina, donde estaba mi madre sentada junto al fuego, a la luz del atardecer. Mis piernas temblaban tanto que no podía casi tenerme en pie. Y mamá… mamá me tomó entre sus brazos, sin una sola palabra de reproche, me besó y me apretó junto a su corazón. «Temía tanto que te hubieras perdido, querida», me dijo tiernamente. Pude ver el amor brillando en sus ojos. Nunca me reprendió ni me reprochó lo que había hecho; sólo me dijo que no volviera a irme sin su permiso. Murió poco después. Ése es el único recuerdo que de ella tengo. ¿No es hermoso?


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