Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Ana se sentía más sola que nunca cuando regresaba a casa por el Camino de los Abedules y Willowmere. Hacía mucho que no recorría aquel camino. Era una noche resplandeciente. El aire estaba lleno de la fragancia de los capullos; quizá demasiado. Los sentidos saciados lo rechazaban como a una copa colmada.
Los abedules de la senda se habían trocado en grandes árboles. Todo había cambiado. Ana tuvo la sensación de que estaría contenta cuando hubiese pasado el verano y reasumiera su labor, lejos de allí. Quizá la vida no le pareciera entonces tan vacía.
He probado el mundo; ya no viste el color de romance que vestía.
Suspiró Ana y de inmediato se sintió reconfortada por la idea de un mundo sin idilios.