Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Los Irving regresaron a pasar el verano en «La Morada del Eco» y Ana disfrutó de tres felices semanas en su compañía. La señorita Lavendar no había cambiado; Charlotta IV era ya una señorita, pero aún adoraba a Ana de todo corazón.
—A decir verdad, señora mía, no he conocido a nadie como usted en Boston —le dijo francamente.
También Paul había crecido. Tenía dieciséis años, sus rizos castaños habían desaparecido y ya le interesaba más el fútbol que las hadas, pero el afecto que lo unía a su antigua maestra no había variado. Los espíritus afines lo siguen siendo, pese a los años.
Era húmeda y fría la tarde de julio en que Ana regresó a «Tejas Verdes». Se anunciaba una de las terribles tormentas de verano que a veces cruzaban el golfo. Al llegar caían las primeras gotas.
—¿Fue Paul quien te trajo a casa? ¿Por qué no lo invitaste a pasar aquí la noche? —inquirió Marilla—. Se aproxima una tormenta terrible.
—Espero que esté en «La Morada del Eco» antes de que la lluvia arrecie. De cualquier modo, él quería regresar esta misma noche. Lo he pasado espléndidamente, pero me alegro de estar aquí otra vez. Davy, ¿cuánto has crecido últimamente?
