Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Como en la Biblia, hay en toda vida un Libro de la Revelación. En las largas horas de vigilia, en medio de la tormenta, en la oscuridad de esa noche terrible, Ana leyó el suyo. Amaba a Gilbert, siempre lo había amado. Ahora lo sabía. Supo que era parte de su vida. Que vivir sin él sería una continua agonía. Y la revelación llegaba demasiado tarde… demasiado tarde incluso para tener el amargo consuelo de acompañarlo hasta el final. Si ella no hubiera sido tan ciega… tan tonta… habría tenido el derecho de ir hacia él en ese trance. Pero Gilbert nunca sabría que ella lo amaba… se iría de esta vida creyendo que no le importaba. ¡Oh, los largos años de soledad que se presentaban ante sus ojos! ¡No podría soportarlos… no podría! Se inclinó sobre la ventana y, por primera vez en su juvenil y feliz existencia, deseó morir. Si Gilbert se iba de su lado sin una palabra, sin una señal, ella no debía seguir viviendo. Sin él, nada tenía valor. Se pertenecían uno al otro. En esa hora de suprema agonía no pudo dudarlo. Gilbert no amaba a Christine Stuart; nunca la había amado. Oh, qué tonta fue al no comprender cuál era el lazo que la unía a Gilbert… al confundir la ilusión que le inspirara Roy con el verdadero amor. Y ahora debía pagar por ello como por un crimen.