Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Cuando subieron a acostarse, la señora Lynde y Marilla se detuvieron junto a la puerta de Ana, se miraron dubitativamente al no oír ruido alguno y pasaron de largo. La tormenta sólo amainó al amanecer. Ana vio asomar una franja de luz en medio de la oscuridad. Pronto las colinas del este estuvieron coronadas por un resplandor púrpura. Las nubes se enrollaron en suaves y blancas masas sobre el horizonte; el cielo brilló azul y plata.
Ana se puso en pie y bajó la escalera. Sintió el fuerte viento fresco en el rostro mientras se dirigía al patio. Un jovial silbido cantó en la cuesta. Al momento apareció Pacifique Buote.
Repentinamente Ana se sintió flaquear. De no haberse apoyado en un sauce, habría caído al suelo. Pacifique era el peón de George Fletcher, vecino de los Blythe. La señora Fletcher era tía de Gilbert. Pacifique sabría si… sabría la última noticia. El hombre cruzaba a grandes pasos la cuesta, silbando a todo pulmón. No vio a Ana, que lo llamó inútilmente tres veces. Estaba ya casi fuera de su alcance cuando pudo articular:
—¡Pacifique!
El muchacho se volvió con un alegre saludo.
—Pacifique —preguntó la joven casi sin aliento—, ¿viene de la casa de Fletcher?
—Seguro. Anoche m’avisaron que mi padre’stá enfermo. Por la tormenta no pude ir y voy’ora cortando camino por los campos.