Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

La desesperación impulsó a Ana. Saber lo peor era preferible a esa horrible incertidumbre.

—¿Sabe cómo seguía Gilbert Blythe esta mañana?

—Está mejor. Pudo pasar la noche. El doctor dijo que’ora se pondrá bien. ¡Pasó raspando! Condenado muchacho, casi se mata en la escuela. Bueno, tengo qu’irme. Mi viejo tendrá apuro por verme.

Pacifique reanudó su marcha y su silbido. Ana se quedó mirándolo con ojos en que la alegría había sucedido a la angustia de la noche anterior. Era un muchacho flaco, áspero, feo; pero a la joven le pareció tan guapo como los mensajeros que llevan buenas nuevas por las montañas. Nunca, mientras viviera, podría contemplar su rostro oscuro y chato sin rememorar la cálida sensación que inundó su alma ante sus palabras.

Mucho después de que se perdiera el alegre silbido entre los álamos del Sendero de los Amantes, Ana aún estaba bajo los sauces, degustando la acre dulzura que brinda la vida cuando nos vemos libres de un gran temor. La mañana era un vaso lleno de bruma y esplendor. Cerca de ella estallaban los capullos de rosa. Los cantos de los pajarillos a su alrededor eran la música de su estado de ánimo. Y recordó la sentencia de un viejo y maravilloso libro:

«El llanto durará una noche, mas la alegría llegará al amanecer».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker