Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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El día era tan hermoso como el camino. Ana casi lamentó llegar tan pronto al jardín de Hester Gray, donde se sentaron en un viejo banco. Allí todo estaba igual que aquel lejano día de la dorada excursión, cuando Diana, Jane, Priscilla y ella lo habían descubierto. Entonces era bello, con sus narcisos y sus violetas; ahora los ásteres y otras flores salpicaban también su superficie. El murmullo del arroyo llegaba entre los bosques desde el valle de los abetos con toda su antigua seducción; el aire estaba lleno del susurro del mar; a los lejos se extendían los campos cruzados por surcos teñidos de gris por el sol de muchos veranos y se alzaban las largas colinas arropadas en la sombra de nubes otoñales; con la brisa del este regresaron los viejos sueños.

—Creo —dijo Ana suavemente— que «la tierra donde los sueños se hacen realidad» está allí, en ese valle, entre la bruma azul.

—Ana, ¿tienes sueños no realizados? —preguntó Gilbert.

Algo en su tono, algo que no había escuchado desde aquella noche horrible en el huerto de «La Casa de Patty» hizo saltar el corazón de la muchacha. Pero pudo contestar con tranquilidad.


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