Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Desde luego. Todos los tenemos. No nos vendrÃa bien tener todos los sueños cumplidos. Mejor serÃa estar muertos que no tener sueños. ¡Qué bien huele! Quisiera poder ver los perfumes a la vez que olerlos. Estoy segura de que serÃan muy hermosos.
A Gilbert no se lo podÃa distraer asÃ.
—Yo tengo un sueño —dijo lentamente— y persisto en acariciarlo, aunque a menudo me ha parecido que nunca podrÃa realizarlo. Sueño con un hogar con una chimenea, un perro y un gato, los pasos de los amigos… ¡y tú!
Ana querÃa hablar pero no podÃa hallar las palabras. Casi asustada, sentÃa la llamada de la felicidad.
—Hace dos años te hice una pregunta, Ana. Si la vuelvo a hacer, ¿me darás otra respuesta?
La muchacha todavÃa no habÃa podido recobrar el habla. Pero levantó sus ojos, en los que brillaba el arrobamiento amoroso de incontables generaciones, y se miró en los de Gilbert por un instante. Él no buscó más respuesta.
Vagaron por el jardÃn hasta que cayó el sol. TenÃan tanto de que hablar, tantos recuerdos; cosas que habÃan hecho, oÃdo, pensado y dicho equivocadamente.
—Creà que amabas a Christine Stuart —le dijo Ana con reproche, como si no le hubiera dado todos los indicios para que creyera que amaba a Roy Gardner.
Gilbert se echó a reÃr.