Ana la de La Isla
Ana la de La Isla En la tarde de su segundo dÃa en Kingsport, Ana hizo el primero de sus muchos paseos por Old St. John. Priscilla y ella habÃan ido aquella mañana a Redmond a inscribirse como alumnas y tenÃan el resto del dÃa libre. Las muchachas escaparon de buen grado, pues no era nada alegre estar rodeadas de desconocidos, la mayorÃa de los cuales tenÃa aspecto extraño.
Las «novatas» se habÃan reunido en grupos de dos o tres, mirándose de soslayo; los «novatos», más inteligentes, se habÃan agrupado en la gran escalinata, donde cantaban con toda la fuerza de sus juveniles pulmones, como una suerte de desafÃo a sus tradicionales enemigos, los de «segundo», algunos de los cuales estaban paseando y miraban con desdén a los «pardillos» de la escalera. Ni Gilbert ni Charlie aparecieron por parte alguna.
—Jamás pensé en que llegara un dÃa en que me agradase ver a un Sloane —dijo Priscilla mientras cruzaban el jardÃn del colegio—, pero darÃa una calurosa bienvenida a los ojos miopes de Charlie. Por lo menos serÃan algo familiar.