Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Oh! —suspiró Ana—, te aseguro que mientras esperaba mi turno para matricularme me sentía el ser más pequeño del mundo; ¡una gotita perdida en el mar! Es terrible sentirse insignificante, pero es intolerable que le graben a una en el alma que nunca podrá ser nada más que eso, y es así como me siento. Como si fuera invisible y algunos de los de «segundo» pudiesen pisarme. Sé que bajaré a la tumba sin que nadie me llore ni se acuerde de mí.

—Espera al año próximo —la consoló Priscilla—. Entonces podrás parecer tan aburrida y sofisticada como las de «segundo». No me cabe duda de que debe de ser terrible sentirse insignificante, pero creo que es preferible a sentirse tan grande y desgarbada como yo me sentía; me daba la impresión de que ocupaba todo Redmond, por esos cinco centímetros de altura que llevaba a los demás. No temía que me pisara una de «segundo»; lo que me asustaba era que me tomaran por un elefante o un ejemplar algo crecido de un isleño alimentado con patatas.






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