Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Supongo que todo se debe a que no podemos perdonar a Redmond que no sea tan pequeño como la Academia de la Reina —dijo Ana, acudiendo a los restos de su antigua filosofía para cubrir su desnudez de espíritu—. Cuando la abandonamos conocíamos a todos y teníamos un lugar en la comunidad. Supongo que esperábamos subconscientemente reiniciar en Redmond nuestra vida en el mismo punto en que la dejamos en la Academia de la Reina; y ahora sentimos como si nos faltara apoyo bajo los pies. Me alegro que la señora Lynde y la señora Wright no sabrán jamás mi actual estado de ánimo. Disfrutarían diciendo: «ya te lo dije», y estarían convencidas de que es el principio del fin, cuando en realidad no es más que el fin del principio.

—Exacto. Eso suena más a cosa tuya. Pronto nos acostumbraremos y todo irá bien. Ana, ¿viste a aquella chica tan guapa, de ojos castaños y boca picara, que estuvo apoyada toda la mañana en la puerta del vestuario?

—Sí, reparé en ella precisamente porque parecía la única con aspecto de sentirse tan sola y abandonada como yo. Yo te tenía a ti, pero ella a nadie.



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