Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—A mí también me pareció así. Tuve la sensación un par de veces de que iba a cruzar hacia nosotras, pero no lo hizo, quizás por timidez. Me habría gustado que lo hiciera. De no haberme sentido como un elefante hubiera ido hacia ella. Pero no podía atravesar el vestíbulo con aquellos chicos berreando en la escalera. Es la «novata» más guapa que he visto. ¡Pero hasta la belleza es vana en tu primer día en Redmond! —concluyó Priscilla, riendo.

—Después de almorzar iré a Old St. John —dijo Ana—. No sé si un cementerio es buen sitio para levantar el espíritu. Pero parece que es el único a mano en el que hay árboles, y yo los necesito. Me sentaré sobre una vieja losa, cerraré los ojos e imaginaré estar en los bosques de Avonlea.

Pero Ana no lo hizo, pues encontró bastantes cosas en Old St. John que le hicieron tener los ojos abiertos. Cruzaron la puerta de entrada, bajo el imponente arco de piedra que ostentaba el gran león de Inglaterra.

Y en Inkerman las zarzas silvestres aún están ensangrentadas y aquellas yermas colinas pasarán a la historia.

Ana recordó los versos de Tennyson con un estremecimiento. Se encontraban en un lugar verde oscuro, donde susurraba el viento. Vagaron por allí, leyendo los largos e historiados epitafios, grabados en una época que tenía más tranquilidad que la nuestra.


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