Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Un epitafio muy bueno —comentó Ana, pensativa—. No querrÃa yo uno mejor. Todos somos sirvientes en cierta medida y si en nuestras tumbas puede inscribirse con toda realidad el hecho de haber sido fieles, nada más podemos desear. Aquà hay una triste losa, Prissy: «A la memoria de un hijo querido». Y aquà otra: «Erigida en recuerdo de alguien enterrado en otra parte». ¿Dónde estará esa tumba desconocida? Realmente, Pris, los cementerios de hoy no serán nunca tan interesantes como éste. TenÃas razón, vendré por aquà a menudo. Me gusta. Veo que no estamos solas: al final de la avenida hay una chica.
—SÃ, y creo que es la misma a quien vimos esta mañana en Redmond. Hace cinco minutos que la estoy observando. Ha comenzado a acercarse media docena de veces y otras tantas se ha vuelto atrás. O es terriblemente tÃmida o tiene remordimientos de conciencia. Vayamos a su encuentro. Creo que es más fácil entrar en relación en un cementerio que en Redmond.