Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Cruzaron el sendero hacia la desconocida, que se encontraba sentada sobre una losa gris, bajo un sauce. Era muy bonita, con un tipo de belleza vivaz, irregular y fascinante. En sus cabellos suaves había reflejos castaños y en sus mejillas un suave color. Sus ojos eran grandes y de un pardo aterciopelado, las cejas sesgadas y los labios rosas. Vestía un traje oscuro bien cortado y calzaba unos hermosos zapatitos, verdadera creación de un artista en zapatería. Priscilla tuvo la repentina sensación de que los suyos eran sólo la obra del remendón del pueblo y Ana pensó, incómoda, en si la blusa que ella se había hecho y que la señora Lynde le adaptara al cuerpo, parecería demasiado campesina y casera frente al elegante vestido de aquella muchacha. Por un instante, las dos sintieron ganas de volverse.

Pero ya estaban a punto de llegar a la losa gris. Era demasiado tarde para retirarse, pues evidentemente la muchacha de ojos castaños había sacado la conclusión de que se acercaban para hablarle. Instantáneamente se puso en pie y se acercó alargándoles la mano con una sonrisa alegre y amistosa, sin sombra de timidez o de conciencia culpable.

—Me gustaría saber quiénes sois —exclamó animosamente—. Me moría por saberlo. Os he visto esta mañana en Redmond. ¿No es cierto que fue horrible? En cierto momento lamenté no haberme quedado en casa y haberme casado.


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