Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Qué ridículo quedaría Charlie Sloane con su delantal y su pamela! —se burló Priscilla—. ¡Idéntico a su abuela Sloane! En cambio Gilbert parecía aún más hombre así vestido.

Ana y Priscilla se encontraron atrapadas en la densa vida social de Redmond. El que esto ocurriera tan pronto se debió en gran parte a los buenos oficios de Philippa Gordon. Ésta era hija de un caballero de fortuna y reputación y pertenecía a una antigua familia de Nueva Escocia. Esto, combinado con su encanto y hermosura (cosa que no podían dejar de advertir cuantos la conocían), le abría las puertas de todos los círculos, clubes y centros de Redmond, y adonde iba ella, iban también Ana y Priscilla. Phil «adoraba» a las dos chicas, especialmente a Ana. Era un alma pura y cristalina, libre de toda clase de ínfulas. «El que me quiere, quiere a mis amigas», parecía ser su lema. Sin ningún esfuerzo las hizo ingresar en el amplio círculo de sus amistades y las dos jovencitas de Avonlea se sumergieron en una vida social fácil y placentera, para envidia y extrañeza de las otras «novatas», que por carecer del apoyo de Philippa se vieron condenadas a mantenerse casi al margen de esas actividades durante todo su primer año en la escuela.

Para Ana y Priscilla, que tenían objetivos muy serios en la vida, Philippa continuó siendo siempre la chiquilla adorable y divertida de su primer encuentro.


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