Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Ni uno —asintió Philippa—. Les escribo todas las semanas hablándoles de mis adoradores. Estoy segura de que lo encuentran divertido. Pero el que más me gusta no lo tengo. Gilbert Blythe no me hace ningún caso. Me mira como si fuese una linda gatita. Y sé muy bien la razón. Te envidio, Reina Ana. TendrÃa que odiarte y en cambio te quiero locamente y me pongo muy triste el dÃa que no te veo. Eres distinta de todas las chicas que he conocido. A veces, cuando me miras de una manera especial, haces que me dé cuenta de lo insignificante y frÃvola que soy, y aspiro a ser mejor, más inteligente y cuerda. Y entonces hago firmes propósitos de enmienda; pero en cuanto me cruzo con un jovencito bien parecido mi decisión se derrumba por completo. ¿No te parece que la vida en la escuela es magnÃfica? ¡Encuentro tan gracioso recordar que mi primer dÃa aquà la odié! Pero si no hubiera sido asà nunca habrÃa intimado contigo. Ana, por favor, dime que me aprecias siquiera un poquito.
—Te quiero mucho; y creo que eres una encantadora, dulce, adorable y aterciopelada… gatita sin uñas —rió Ana—; pero no comprendo cómo encuentras tiempo para estudiar.