Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Ésta hallaba muy sencillo el primer curso, en gran parte debido a la severa disciplina de estudio a que ella y Gilbert se habían acostumbrado en los dos últimos años de Avonlea. Esto le dejaba más tiempo libre para su vida social, de la que disfrutaba enormemente; pero sin olvidar ni un instante a sus amigos de Avonlea. Para ella los mejores momentos de la semana eran aquéllos en que recibía noticias del hogar. Después que leyó las primeras cartas pensó que jamás podría sentirse en Kingsport como en su casa. Antes de recibirlas, Avonlea parecía estar a miles de kilómetros de distancia; esas cartas la acercaban y unían la vieja vida con la nueva, hasta convertirlas en una sola existencia. La primera remesa trajo seis cartas: de Jane Andrews, Ruby Gillis, Diana Barry, Marilla, la señora Lynde y Davy. La de Jane era muy prolija, con las t perfectamente cruzadas y las i con sus puntos en el lugar exacto, pero sin una sola frase interesante. Ana quería noticias de la escuela, pero Jane nunca contestaba sus preguntas y se limitaba a contar cuántos metros de crochet había tejido, el tiempo que hacía en Avonlea, cómo pensaba hacerse el vestido nuevo y qué sentía cuando le dolía la cabeza. Ruby Gillis escribió una carta muy fluida, en la que deploraba la ausencia de Ana, asegurándole que se encontraba completamente perdida, le preguntaba qué tal eran los jóvenes de Redmond y la completaba con una detallada historia de sus experiencias con sus numerosos admiradores. Era una carta tonta y sin sentido. Ana con toda seguridad se habría reído de ella si no hubiera sido por la posdata: «Gilbert parece divertirse mucho en Redmond, a juzgar por su carta», escribía Ruby; «no creo que Charlie haya tenido el mismo éxito».


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