Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Sí, nos lo dijo ayer —respondió Priscilla al darse cuenta de que Ana no contestaría—. Charlie y él estaban abajo. Sabíamos que vendrían, de modo que quitamos todos los cojines de la señorita Ada. El que tiene el bordado en relieve lo escondí detrás de una silla. Pensé que allí estaría a salvo, pero no fue así. Charlie Sloane fue hacia la silla, vio el almohadón, lo recogió cuidadosamente y estuvo sentado encima toda la tarde. ¡Qué desastre para el cojín! La pobre señorita Ada me preguntó hoy, muy sonriente, pero con cierto tono de reproche, por qué había permitido que se sentara encima. Le aclaré que no había sucedido por mi culpa; que fue simplemente una «sloanada» como las de costumbre.

—Los cojines de la señorita Ada ya me están crispando los nervios —dijo Ana—. La semana pasada terminó dos con bordados de toda clase. Como ya no tiene donde ponerlos, los colocó en el descansillo de la escalera. Están caídos la mitad del tiempo y si bajas a oscuras tropiezas con ellos. El domingo pasado, cuando el pastor Davies oraba por los que afrontan los peligros del mar, yo agregué para mis adentros: «Y por aquellos que viven en casas donde los cojines reinan por doquier». ¡Bueno! Estamos listas, ya veo venir a los muchachos cruzando el Old St. John. ¿Vienes, Phil?


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