Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—Iré si puedo pasear con Priscilla y Charlie. Representaré pacientemente mi papel. Tu Gilbert es un encanto, Ana; pero ¿por qué va tanto con «Ojos saltones»?

Ana se puso tiesa. No apreciaba mucho a Charlie Sloane, pero era de Avonlea, y ningún extraño tenía derecho a reírse de él.

—Charlie y Gilbert siempre han sido amigos —respondió fríamente—. Charlie es un buen muchacho. No tiene la culpa de que sus ojos sean así.

—¡No me digas! Pues debe de haber hecho algo terrible en su vida anterior para haber sido castigado con semejante par de ojos. Pris y yo vamos a divertirnos esta tarde. Nos burlaremos de él en su propia cara y no se dará cuenta.

Y las dos traviesas muchachas llevaron a cabo sus poco cordiales propósitos. Pero Sloane, afortunadamente para él, no se dio ni cuenta. Se consideraba todo un personaje por poder pasear con dos jóvenes como aquéllas, especialmente Philippa Gordón, la guapa del curso. Seguramente que esto impresionaría a Ana. Vería que otras personas lo apreciaban en todo su valor.

Gilbert y Ana caminaban algo separados de los otros, disfrutando de la tranquilidad y la belleza de la tarde otoñal, bajo los pinos del parque, por el sendero que trepaba y serpenteaba en torno a la costa del puerto.


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