Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —El silencio es aquà como una oración, ¿no te parece? —preguntó Ana mirando el brillante cielo—. ¡Cómo quiero a los pinos! Parece como si sus raÃces estuvieran hundidas profundamente en el romanticismo de todas las épocas. ¡Es tan reconfortante andar de aquà para allá conversando con ellos! Siempre me siento muy feliz en este lugar.
Y asà en las soledades montañosas, como por algún conjuro divino, caen de ellas sus preocupaciones, como las agujas al sacudir el pino.
—Nuestras pequeñas ambiciones parecen aquà insignificantes, ¿no es cierto, Ana?
—Creo que si alguna vez tuviera una gran pena correrÃa hacia los pinos en busca de consuelo —comentó Ana, soñadora.
—Espero que nunca tengas una gran pena, Ana —dijo Gilbert.
No podÃa concebir ningún pesar en la criatura vivaz y gozosa que estaba a su lado; ignoraba que aquellos que pueden alcanzar las más altas cumbres de la dicha son los que más bajo caen en los abismos de la desesperación; que los más aptos para la alegrÃa son también los más capaces para el dolor.