Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Sin embargo, asà será… alguna vez —murmuró Ana—. En estos momentos la vida es para mà como una copa de cristal colmada de néctar, cerca de mis labios. Pero tiene que haber algo amargo… como en todas las copas. Algún dÃa me tocará a mÃ.
Ojalá que cuando llegue ese momento me encuentre fuerte y preparada para hacerle frente. Y espero que no llegue por mi culpa. ¿Recuerdas lo que dijo el pastor Davies el domingo pasado? Los pesares que nos envÃa Dios traen consigo fuerza y consuelo; en cambio los que nos buscamos nosotros mismos, por nuestra propia conducta desordenada, son mucho más difÃciles de soportar. Pero no debemos hablar de penas en una tarde como ésta. Sólo despierta alegrÃa de vivir, ¿no te parece?
—Si dependiera de mÃ, apartarÃa de tu vida todo lo que no fuera felicidad y placer, Ana —dijo Gilbert con un tono que significaba «peligro».
—No demostrarÃas mucha cordura —replicó la joven prestamente—. Estoy segura de que nadie podrÃa perfeccionarse y salir adelante sin haber tenido que vencer algunas penas, aunque supongo que esto se admite sólo cuando se está suficientemente tranquilo. Vamos; los otros han llegado al pabellón y nos esperan.