Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Se sentaron todos juntos en el pequeño refugio a contemplar el crepúsculo otoñal, mezcla de púrpura y de oro. Hacia la izquierda yacía Kingsport, con sus techos y sus chimeneas que despedían espirales de color violeta.

A la derecha, el puerto, con sus luces rosadas, parecía extenderse hacia el ocaso. Y más allá del raso satinado del agua y de la niebla, estaba la isla de William, como un fiel perro guardián que protegiera la ciudad. La luz de su faro irrumpía a través de la bruma como la de una suave estrella a la que respondían otras en el lejano horizonte.

—¿Habéis visto alguna vez algo de apariencia más vigorosa? —preguntó Philippa—. No me interesa mucho la isla de William, pero estoy segura de que no la podría conquistar aunque quisiera. Mirad el centinela en la cumbre del fuerte, junto a la bandera. ¿No parece salido de una novela de aventuras?

—Hablando de aventuras —dijo Priscilla—, hemos estado buscando brezo; pero, por supuesto, no encontramos. La estación está ya muy adelantada, supongo.

—¡Brezo! —exclamó Ana—. En América no crece, ¿verdad?


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