Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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La vieron mientras caminaban desde el parque hacia la colina bordeada de pinos. Precisamente en la loma donde comenzaba Spofford Avenue se levantaba una casita blanca con grupos de pinos a ambos lados que extendían sus brazos protectores sobre el bajo techo. Estaba cubierta por enredaderas rojas y doradas, a través de las cuales espiaban las verdes ventanas cerradas. En la parte delantera había un jardín rodeado por un pequeño cerco de piedra. A pesar de estar ya en octubre se veían en él toda clase de perfumadas y hermosísimas flores y arbustos que no parecían de este mundo: abrótanos, verbenas, alhelíes, petunias, caléndulas y crisantemos. Un pequeño camino de ladrillo iba desde la puerta de entrada hasta la galería. Todo el lugar parecía haber sido trasplantado desde una remota villa; así y todo, había algo en él que hacía que su vecino más próximo, un enorme palacio rodeado de césped que pertenecía a un rey del tabaco, pareciera, por contraste, extremadamente rudo y frío. Como había dicho muy bien Phil, se notaba la diferencia entre lo natural y lo artificioso.

—Es el lugar más encantador que he visto en mi vida —dijo Ana, extasiada—. Me produce uno de mis viejos y deliciosos estremecimientos. Es aún más extraña y tierna que la casa de piedra de la señorita Lavendar.


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