Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Quiero que te fijes especialmente en el nombre. Mira las letras blancas en la arcada: «La Casa de Patty»; ¿no es gracioso? Sobre todo en esta calle llena de «Los Pinos», «Los Abetos» y «Los Cedros». ¡«La Casa de Patty»! ¡Es adorable!
—¿Tienes idea de quién es Patty? —preguntó Priscilla.
—Patty Spofford es el nombre de su anciana dueña. Vive allà con su sobrina, y seguirán viviendo unos cientos de años, o quizás un poco menos. La exageración es sólo una licencia poética. He averiguado que caballeros pudientes han querido muchas veces comprar el terreno; como te imaginarás, vale una pequeña fortuna, pero Patty no ha querido venderlo. Y detrás de la casa, en lugar del parque de rigor, hay una huerta de manzanos que verás en cuanto caminemos un poco; ¡una verdadera huerta de manzanos en Spofford Avenue!
—Esta noche voy a soñar con «La Casa de Patty» —dijo Ana—. Hasta me parece pertenecerle. Me pregunto si alguna vez, por casualidad, podremos ver el interior.
—No me parece probable —opinó Priscilla.
Ana sonrió, misteriosa.
—No, no es probable. Pero creo que sucederá. Siento algo extraño que puedes llamar presentimiento si quieres; algo que me hace pensar en que «La Casa de Patty» y yo seremos amigas.