Ana la de La Isla
Ana la de La Isla Las tres primeras semanas en Redmond se habĂan hecho largas, pero el resto del tiempo volĂł como el viento. Antes de darse cuenta, los estudiantes de Redmond se encontraron en los exámenes de Navidad, que afrontaron con suerte diversa. El honor de ser el primero del curso fluctuĂł entre Ana, Gilbert y Philippa. Priscilla estuvo muy bien; Charlie Sloane pasĂł regular, pero estaba tan satisfecho como si hubiera sido el mejor en todo.
—Me parece mentira que mañana a esta hora esté ya en «Tejas Verdes» —dijo Ana la noche anterior a la partida—. Pero asà será. Y tú, Phil, te encontrarás en Bolingbroke con Alee y Alonzo.
—Me muero por verlos —admitiĂł Philippa mientras mordisqueaba un bombĂłn—. Son dos chicos encantadores, como sabes. ¡Oh, pasarĂ© unas vacaciones magnĂficas! Nunca te perdonarĂ©, Reina Ana, que no hayas querido acompañarme.
—«Nunca» equivale a tres dĂas en tu caso, Phil. Fuiste muy gentil al invitarme y me encantará ir a Bolingbroke algĂşn dĂa. Pero debo ir a casa. ÂżNo te das cuenta de cĂłmo suspira mi corazĂłn?
—No te divertirás mucho —dijo Phil desdeñosamente—. Supongo que habrá un par de reuniones de costura y que todas las viejas chismosas hablarán de ti. Te morirás de soledad, querida.
—¿En Avonlea? —exclamó Ana, muy divertida.
