Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Mientras que si vienes conmigo pasarás unas vacaciones perfectas. ¡Todo Bolingbroke estará loco contigo, Reina Ana… con tu cabello, con tu porte y… ¡oh, con todo! ¡Eres tan distinta! ¡SerÃas un éxito! Y yo vivirÃa del reflejo de tu gloria: «no la rosa, pero cerca de ella». ¡Ven, Ana!
—Tu cuadro de éxitos sociales es muy tentador, Phil, pero yo te pintaré otro que lo iguala. Voy a casa, a una vieja granja que una vez fue verde aunque esté ahora un poco mustia, ubicada entre huertas de desnudos manzanos. Más abajo hay un arroyuelo, y más allá un bosque de abetos donde he oÃdo a los dedos del viento y de la lluvia tocar el arpa con música celestial. Cerca hay una laguna que ya estará gris y acogedora. Habrá en la casa dos ancianas, una alta y delgada, la otra baja y gruesa, y un par de mellizos, perfecto modelo uno y el otro algo a quien la señora Lynde llama «santo terror». Y habrá también un pequeño cuarto blanco, sobre el porche, en el que danzarán viejos sueños, y un lecho enorme con un colchón de plumas que resultará el mayor de los lujos después del de la pensión. ¿Qué te parece mi cuadro, Phil?
—Muy soso —dijo ésta con una mueca.