Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Se abrió la puerta de la cocina y la enjuta figura de Marilla se recortó en su vano, enmarcada por la luz que brillaba en el interior. Había preferido encontrarse con Ana en medio de las sombras, pues tenía pánico de echarse a llorar de alegría, ¡ella, la inexpresiva y severa Marilla, que consideraba indecoroso dar rienda suelta a una emoción! La señora Lynde, amable y sosegadamente feliz, venía detrás. Allí estaba, rodeándolas, envolviéndolas con toda su tibieza y dulzura, el amor del que Ana habló a Philippa. ¡Después de todo, nada podía compararse con los viejos vínculos, con los viejos amigos, con la vieja «Tejas Verdes»! ¡Cómo brillaban los ojos de Ana cuando se sentaron ante la recargada mesa, cómo resplandecían sus rosadas mejillas, cuán argentino era el sonido de su risa! Diana iba a quedarse a dormir allí, como en los viejos tiempos. Y hasta engalanaba la mesa el juego de té decorado con pimpollos. Para Marilla, aquélla era la máxima expresión de su amor.

—Supongo que Diana y tú os pasaréis toda la noche hablando —dijo Marilla sarcásticamente mientras las jovencitas subían la escalera. Siempre se mostraba así después de una traición a sus principios.

—Sí —asintió Ana alegremente—. Pero antes iré a acostar a Davy. Insiste en que lo haga.


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