Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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—¡Ya lo creo! —dijo Davy mientras cruzaban el vestíbulo—; quiero alguien con quien compartir mis oraciones. No es nada divertido rezar solo.

—Nunca estás solo cuando rezas, Davy. Dios está siempre contigo para oírte.

—Bueno, pero a Él no puedo verlo —objetó el niño—; quiero rezar con alguien a quien pueda ver; ¡pero no quiero hacerlo con Marilla o la señora Lynde!

Sin embargo, una vez que tuvo puesto su camisón de franela no demostró mucha prisa en comenzar. Se plantó frente a Ana y restregó sus pies desnudos uno contra el otro, con aire indeciso.

—Ven, querido, arrodíllate —dijo Ana. Davy se acercó y hundió la cabeza en el regazo de Ana, pero no se arrodilló.

—Ana —dijo con voz desmayada—, después de todo no tengo deseos de rezar. Y estoy así hace una semana. Yo… yo no recé anoche, ni anteanoche.

—¿Por qué no, Davy? —preguntó la joven con bondad.

—¿No… no te enfadarás si te lo digo? Ana levantó al niño, lo sentó en sus rodillas y rodeó su cabeza con el brazo.

—¿Me he enfadado alguna vez cuando me contabas tus cosas, Davy?


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