Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —Nooo…, nunca. Pero te pones triste, y es peor. Te pondrás terriblemente triste cuando te diga esto, Ana…, y te avergonzarás de mÃ, supongo.
—¿Has hecho algo malo, Davy, y por eso no puedes rezar?
—No, no he hecho nada malo todavÃa. Pero quiero hacerlo.
—¿Qué es, Davy?
—Yo… yo quiero decir una mala palabra —soltó abruptamente el niño en un esfuerzo desesperado—. Se la oà decir al peón del señor Harrison la semana pasada, y desde entonces, todo este tiempo, aun cuando decÃa mis oraciones, he querido repetirla.
—Entonces dila, Davy.
Éste levantó sorprendido su ruborizado rostro.
—¡Pero Ana, es una palabra horrible!
—¡Dila!
Davy volvió a mirarla con incredulidad y luego, en voz muy baja, dijo la terrible palabra. Al instante siguiente escondÃa su cara contra ella.
—¡Oh, Ana, nunca volveré a decirla, nunca! ¡Nunca querré decirla! SabÃa que era fea, pero nunca me imaginé que era tan… tan… ¡nunca imaginé que fuera asÃ!
—No, no creo que quieras repetirla, Davy; ni pensarla siquiera. Y si yo estuviera en tu lugar, no me juntarÃa mucho con el peón del señor Harrison.