Ana la de La Isla
Ana la de La Isla —¡Es que él sabe gritos de guerra indios! —dijo el niño sentidamente.
—Pero tú no quieres llenarte la mente con malas palabras, ¿no es cierto, Davy?; con palabras que envenenan y barren todas las ideas buenas.
—No.
—Entonces no te juntes con personas que las digan. Y ahora, ¿te sientes con ánimo de rezar?
—¡Oh, sÃ! —dijo Davy arrodillándose prestamente—. Ahora puedo rezar muy bien. Y no tendré miedo de decir: «si muriese antes de despertar», como cuando querÃa decir esa palabra.