Ana la de La Isla

Ana la de La Isla

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Probablemente Ana y Diana se confesaron esa noche todos sus secretos, pero no ha quedado constancia alguna de su conversación. A la mañana siguiente estaban tan frescas y lozanas como sólo pueden estarlo las jóvenes después de tantas horas de charla y confidencias. En esa época no había nieve, pero cuando Diana cruzó el viejo puente camino de su casa, blancos copos comenzaron a licuarse sobre los campos y bosques. Las lejanas cuestas y montes parecían paisajes fantasmales, como si la pálida estación otoñal hubiera echado un nublado velo de novia sobre sus cabellos, a la espera de su invernal prometido. De modo que, después de todo, tendrían una Navidad blanca. Y, en verdad, fue un día muy hermoso. Por la tarde llegaron regalos de la señorita Lavendar y de Paul. Ana abrió los paquetes en la alegre cocina de «Tejas Verdes», la que, como decía Davy, estaba llena de «deliciosos olores».









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