Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes Cuando Marilla salió de la casa, Ana abandonaba la fragante penumbra del huerto con un ramo de narcisos en las manos.
—Me disculpé bastante bien, ¿no es cierto? —dijo orgullosamente mientras bajaban la cuesta—. Pensé que ya que tenÃa que hacerlo, lo harÃa ampliamente.
—Lo hiciste bien —fue el comentario de Marilla, quien se escandalizó al verse propensa a reÃr ante el recuerdo de la entrevista. TenÃa la incómoda sensación de que debÃa reprender a Ana por disculparse tan bien, pero eso era una ridiculez. Transigió con su conciencia diciendo severamente:
—Espero que no tengas más motivos para pedir disculpas y que aprenderás a dominarte, Ana.
—Eso no serÃa tan difÃcil si la gente no me reprendiera por mi aspecto —dijo Ana suspirando—. Otras cosas no me molestan, pero estoy tan cansada de que me reprendan por mi cabello, que no puedo evitar saltar de indignación. ¿Cree usted que mi cabello se volverá castaño claro cuando crezca?
—Ana, no deberÃas preocuparte tanto por tu apariencia. Temo que eres una criatura muy presumida.
—¿Cómo puedo ser presumida cuando sé que soy fea? —protestó Ana—. Me gustan las cosas bellas y odio mirar al espejo y ver algo que no sea hermoso. Me hace sentir muy triste; igual que cuando veo algo horrible.