Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Quien hace cosas hermosas es hermoso —dijo Marilla.
—Eso ya me lo han dicho antes, pero tengo mis dudas al respecto —comentó escéptica Ana, oliendo los narcisos—. ¡Oh, estas flores son preciosas! La señora Lynde fue muy buena al dármelas. No tengo resentimiento. Pedir disculpas y ser perdonada produce una hermosa sensación, ¿no es asÃ? ¿No están brillantes las estrellas esta noche? Si pudiera vivir en una estrella, ¿cuál elegirÃa? A mà me gustarÃa aquella grande que se ve a lo lejos, sobre la colina.
—Ana, por favor, cállate —dijo Marilla, completamente agotada por tener que seguir los giros del pensamiento de Ana.
Ana no habló más hasta que llegaron al caminito. Allà las recibió una brisa juguetona, cargada de aromas. A lo lejos, entre las sombras, una alegre luz brillaba en la cocina de «Tejas Verdes». Ana se acercó de pronto a Marilla y deslizó su mano entre las endurecidas palmas de la mujer.
—Es hermoso volver al hogar, cuando se sabe que es un hogar —dijo—. Yo quiero a «Tejas Verdes». Ningún lugar me pareció antes ser mi hogar. ¡Oh, Marilla, soy tan feliz! PodrÃa ponerme a rezar en este momento sin que me resultara difÃcil.