Ana la de Tejas Verdes

Ana la de Tejas Verdes

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Al contacto de aquella manecita, algo cálido y placentero invadió el corazón de Marilla; quizá era un resabio de la maternidad que no gozara. Lo insólito y dulce de aquella sensación la turbó. Se apresuró a restaurar su estado de ánimo habitual inculcando moral.

—Mientras seas buena serás feliz, Ana. Y nunca debe costarte trabajo decir tus oraciones.

—Decir las oraciones no es lo mismo que rezar —dijo Ana, meditabunda—. Pero voy a imaginarme que soy el viento que sopla en los árboles. Cuando me canse de los árboles, imaginaré que estoy en los helechos, luego volaré hasta el jardín de la señora Lynde y haré danzar las flores; después iré con un gran salto al campo de los tréboles, y más tarde acariciaré el Lago de las Aguas Refulgentes, quebrándolo en pequeños rizos brillantes. ¡Hay tanto campo para la imaginación en el viento! De manera que ya no hablaré más por ahora, Marilla.

—Gracias al cielo —murmuró la mujer, con devoto alivio.



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