Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —No —Ana exhaló un largo suspiro—. Por supuesto, sabÃa que yo te gustaba, pero nunca esperé que me quisieras. Porque, ¿sabes, Diana?, nunca pensé que nadie pudiera quererme. No recuerdo que nadie me haya querido nunca. ¡Oh, es maravilloso! Es un rayo de luz que siempre iluminará la oscuridad del sendero que me separará de ti, Diana. Oh, dilo otra vez.
—Te quiero muchÃsimo, Ana —dijo Diana firmemente—, y siempre será asÃ, puedes estar segura.
—Y yo siempre os amaré, Diana —exclamó Ana solemnemente extendiendo la mano—. En el futuro, vuestro recuerdo brillará como una estrella sobre mi solitaria vida, como dice en el último cuento que leÃmos juntas. Diana, ¿queréis darme un bucle de vuestros cabellos negros como el azabache, para que sea mi tesoro para siempre jamás?
—¿Tienes algo con qué cortarlo? —preguntó Diana secándose las lágrimas que habÃan hecho brotar las afectuosas palabras de Ana.
—SÃ, afortunadamente tengo en el bolsillo mis tijeras de labores —dijo Ana. Solemnemente cortó uno de los rizos de Diana.
—Que seáis feliz, mi amada amiga. Desde ahora en adelante, debemos ser extrañas aunque vivamos una junto a la otra. Pero mi corazón siempre os será fiel.