Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Oh, Matthew, ¿no es una mañana perfecta? El mundo parece algo que Dios hubiera imaginado para su propio placer. Esos árboles dan la sensación de que uno los pudiera hacer volar de un soplo. ¡Estoy tan contenta de vivir en un mundo donde hay heladas blancas! Después de todo, estoy contenta de que la señora Hammond tuviera mellizos. De no haber sido asÃ, no hubiera sabido qué hacer con Minnie May. Siento de verdad haberme enfadado alguna vez con la señora Hammond porque tuviera mellizos. Matthew, tengo tanto sueño que no podré ir al colegio. Sé que no podrÃa tener los ojos abiertos y eso serÃa muy estúpido. Pero me disgusta quedarme en casa porque Gil… porque alguien será el primero de la clase y es difÃcil reconquistar lo perdido, aunque cuanto más difÃcil es, más satisfacción se tiene al reconquistarlo, ¿no es cierto?
—Bueno, supongo que te las arreglarás muy bien —dijo Matthew, mirando la blanca cara con grandes ojeras—. Vete directamente a la cama y duerme bien, que yo haré las tareas de casa.
Ana fue a acostarse y durmió tan profundamente, que cuando despertó y descendió a la cocina era bien entrada la rosada tarde de invierno. Marilla, que en el Ãnterin volviera a casa, estaba allà tejiendo.
—Oh, ¿ha visto al primer ministro? —exclamó Ana en seguida—. ¿Cómo era?