Ana la de Tejas Verdes
Ana la de Tejas Verdes —Creo que debes dejar ir a Ana, Marilla. —Por un momento Marilla pensó en cosas que no se pueden repetir. Luego se rindió ante lo inevitable y dijo agriamente:
—Muy bien, puede ir, ya que nada más parece complacerte.
Ana salió corriendo con la bayeta chorreando en la mano.
—Oh, Marilla, Marilla, diga otra vez esas benditas palabras.
—Creo que con decirlas una vez es suficiente. Es asunto de Matthew y yo me lavo las manos. Si coges una pulmonía por dormir en una cama extraña o por salir de un salón caluroso en medio de la noche, no me culpes; culpa a Matthew. Ana Shirley, estás dejando caer agua grasienta sobre el piso. Nunca he visto una niña más descuidada.